El año que nos cambió la vida

 

A cualquiera que le dijeramos que 2020 cambiaría nuestra forma de vivir nos tomaría por majara. No nos imaginábamos que a principios de la nueva década, un virus llamado SARS-COV2, del que apenas escuchábamos hablar llegado de China, paralizaría nuestras vidas.

La globalización es lo que tiene. No existen las fronteras y, como tal, el nuevo virus tampoco se paralizaría entre países ni continentes. No conoce de razas ni clases sociales y allí donde iba amenazaba con arrasar lo que tocaba.

Los que en España nacimos más allá de los años 70 no sabemos realmente lo que es el miedo, lo que es temer por nuestras vidas. Algo que en este último año ha cambiado. El covid-19 nos pilló por sorpresa y nos hizo cambiar nuestra forma de vivir.

Cuando pasen los años, el 14 de marzo de 2020 será una de esas fechas especialmente señaladas para recordar qué estábamos haciendo. Aquel 15 de marzo de 2020, el país entero amaneció confinado. El día anterior, el Consejo de Ministros decretó por primera vez el Estado de Alarma en España y todos nos aprendimos quién era Salvador Illa y un tal Fernando Simón.

La rueda de prensa del presidente del Gobierno atrae ante el televisor a más del 80% de la audiencia, es la emisión más vista del año. El Gobierno limita los movimientos en todo el territorio nacional para contener el coronavirus.

Los primeros contagios en Extremadura llegaron a Arroyo de la Luz, que se convirtió en el primer municipio cerrado perimetralmente. Una situación que sus vecinos nunca olvidarán.

Pocos pudieron continuar con su trabajo, aunque ya nada era igual. Quienes tuvimos la suerte (o no) de continuar con el día a día, lo hicimos entre la incertidumbre y el miedo a lo desconocido.

Sin saber poco o nada cómo se transmitía el coronavirus, la solución más efectiva a la vez que drástica era confinar a 47 millones de personas en sus casas. Tan solo trabajadores esenciales debían acudir a su lugar de trabajo.

Para salir de casa, solo podía hacerse en solitario, para hacer la compra, acudir al médico o sacar al perro.

Los supermercados quedaron desabastecidos, primero de papel higiénico y después de harina. Nos hicimos expertos reposteros y para no volvernos locos, nos apoyamos en las redes sociales para asistir a clases online de crossfit, spinning o yoga.

Aprendimos lo que era el teletrabajo y a compaginarlo a duras penas con las tareas escolares y a hacer vida social en unos pocos metros. Vimos llover desde la ventana, esa misma a la que salíamos cada día a las ocho de la tarde para aplaudir la labor de esos que nos cuidaban y que supimos valorar y apoyar desde el primer día porque a España no le hay quien le gane en solidaridad.

Cada uno ayudaba en lo que podía. Nuestro sanitarios y personal indispensable nos necesitaba. En Extremadura salían de debajo de las piedras grupos de costureras que tejían hasta altas horas de la madrugada para abastecerles de mascarillas y los epis, tan solicitados en ese momento. Las grandes cadenas comerciales donaba bolsas y bolsas de sistemas de protección y las pequeñas empresas se asociaron para construir hasta pantallas protectoras. La hostelería se unió a esta cadena de favores y ofrecían sus menús a hospitales para que los sanitarios aguantaran mejor las largas guardias de aquellos largos días de primavera.

Nuestros mayores se familiarizaron con las nuevas tecnologías a marchas forzadas y las videollamadas se convirtieron en las nuevas quedadas de fines de semana.

Y es que el internet de las cosas nos hizo asistir a bodas íntimas e improvisadas o a soplar velas acompañados gracias a las multillamadas. En el lado opuesto, los bulos que cada día corrían como la pólvora, que hacían temblar hasta al más cuerdo y que cada día tuvimos que desmentir desde medios oficiales para que no cundiera el pánico. Ese que hizo acto de presencia, si no lo había hecho hasta ahora, cuando vimos al ejército pasear pr nuestras calles, desinfectando cada rincón de nuestros pueblos y ciudades.

Los que corrieron peor suerte fueron quienes lo vivieron más de cerca, con hospitales colapsados y quienes perdieron en el camino algún familiar o conocido, del que no pudieron despedirse como mandan nuestras tradiciones. Y fue en ese instante cuando aprendimos el sentido de la vida, cuando aprendimos a valorar el abrazo, las conversaciones en el parque y los domingos al sol.

Las cifras de contagios y fallecidos se disparaban cada día en lo que los expertos llamaron “ola de contagios”. Después de esa, hemos vivido dos más.

El primer confinamiento funcionó y España entró en esa Nueva Normalidad a la que aún tratamos de adaptarnos. Volvieron las vacaciones reducidas, las visitas al pueblo y con septiembre, la vuelta a las aulas.

Ahora, con la vacuna llegando cada vez a más rincones del planeta, recordamos aquellos días como lejanos y tratamos de entender cada momento pasado y a valorar cada minuto perdido.

Todo, buscando un atisbo de esperanza que nos devuelva nuestra normalidad y esa bendita rutina que un día perdimos

 

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